Apenas hablaba con él ya, le veía conectado y decía: intentaré no saludarle yo, y lo conseguía. Respecto a verle, ya solo era por el instituto, por los pasillos en el intercambio de clases, aun que sí es verdad que me terminaba sacando una sonrisa de oreja a oreja. Pero terminé pensando, que, como ya me decían ciertas personas, le olvidaría de un momento a otro, como me pasaba otras veces… Cuando ya sentía que era verdad me crucé la mirada con él, y dije: me he vuelto loca, para qué engañarnos, si hasta con ese nuevo corte de pelo está perfecto, si es más encantador que nunca, con esas dulces palabras que me dice, y con las que me anima cuando más desmoralizada estoy. También con esa dulce mirada que me puede llegar a trasmitir mil sentimientos juntos, como es la alegría, la felicidad, la tontería, la tranquilidad, la locura, la pasión, incluso la vergüenza... Pero fundamentalmente un sentimiento, ese tan famoso a nuestras edades, el amor. Porque al principio simplemente pensaba que era un capricho sin importancia, pero cada día me doy más cuenta que no, que cuando le veo me comportaré siempre como una niña pequeña, que no piensa lo que hace, porque me hace olvidar de todo, y que toda mi vida gire en torno a él, porque ese poder lo domina a la perfección.
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