domingo, 4 de septiembre de 2011

Dicen que cuando te gusta alguien, y sabes que en ese día vas a verle, te pruebas todos los conjuntos que hay en el armario hasta ver el que te sienta “de perlas” en ese momento, seguidamente vas al baño y te peinas el pelo hasta que esté perfecto y junto a ello te maquillas lo justo, para que no se note que está sobrecargado ni para que no parezca que no te has maquillado, es decir, lo justo para resaltar tus mejores facetas. A la hora de verle siempre te terminas sonrojando, te tiemblan un poco las piernas, y te “vuelan mariposas” por todo el estomago, le dices tonterías que luego cuando no estás con él las piensas y te preguntas por qué las has dicho, también le tocas el pelo mil veces porque te encanta su tacto y respiras más fuerte de lo normal…
Eso son cosas que suelen pasar cuando le ves, a lo mejor pasan otras cosas, y no las indicadas anteriormente, ya que cada persona actúa de una forma diferente. Pero lo que nos pasa a todo el mundo, es que nada más verle, nada más notar su presencia en un entorno de 150 metros a tu alrededor, sacas una sonrisa mágica, una sonrisa que no sacas con cualquier otra persona, una sonrisa distinta, y seguidamente a esa sonrisa tan espléndida, cuando estás hablando con él, te ríes por cualquier tontería. Esas dos cosas son las indicaciones de que te gusta, de que él es diferente a cualquier otro, ya que él es el único que en ese momento te puede hacer la persona más feliz del mundo.

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