Después de unas dulces vacaciones basadas en dormir y tomar el abrasador sol de la playa, llego a aquel lugar en el que permanezco casi todos los días del año, ese sitio del que acabas harta en pocos días porque apenas hay fiesta, pero llega la coincidencia de que justo vuelvo cuando son las únicas fiestas, esas fiestas que son esperadas todo el año, llegando por la noche, y por ello abrir el armario y ver la buena ropa y zapatos de fiesta que están deseando salir de ahí y lucirse cada noche en los cientos de bailes diarios. Salir, comprar alguna que otra botella de alcohol, normalmente Ron o Whisky, pero siempre con una amiga, para que no sobre, y después de comprarlo ir al parque donde vemos a toda la gente que tanto he extrañado cuando estaba fuera, seguidamente vamos al lugar donde está puesta la música alta, y buscar una pareja para pasar un buen rato, y de ahí en adelante, nada es recordado con exactitud, lo único que recordamos esa amiga con la que compartí la buena vida, y yo, es que pasaron miles de cosas, miles de actos distintos, ya que la vergüenza se esfumó de un momento para otro. Pero después de contarnos la una a la otra las cosas de las que nos acordamos, siempre desordenadas, conseguimos enlazar la mayoría de la noche, entre tantas risas, sin arrepentirnos de nada, siempre terminábamos soltando: “Que nochecita, la mejor, tantas cosas distinta, lo que no nos haya pasado… Jajajaja”, y más tarde alguna suelta: “Jo… Las dos volvemos para las fiestas, y cuando se acaben todo va a ser aburrido… Nos deprimiremos, o no… Tenemos que montar nuestras propias fiestas porque si no será aburrido”
Y después de estos intensos días descansar unos cuantos días, y más tarde… Nos esperarán unos intensos momentos, para aprovechar lo que nos queda de la buena vida.
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